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Miércoles, 06 Marzo 2019 19:28

¿Eres feminista?

Escrito por Redacción
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Por Rafael Oliva

En un mundo globalizado donde socialmente se premian los convencionalismos y se denuesta al diferente, donde cosas tan dispares (y a la vez tan importantes) como tu esperanza de vida o el peso de tu voto dependen directamente de tu lugar de nacimiento, el movimiento feminista viene a botar una balsa de cordura en el tormentoso mar de la intolerancia.  A día de hoy muchos piensan que la igualdad real hace tiempo que se ha conseguido

Sí, las mujeres pueden votar, no necesitan el permiso de nadie para trabajar o para abrir una cuenta en el banco, sus representantes legales son ellas mismas (no siempre lo fueron en los últimos 50 años) y parece que por fin han alcanzado la libertad sexual que los hombres siempre tuvieron… ¿o no?

Actualmente todavía existen roles definidos por los poderes fácticos, que ayudan a que cada cual haga lo que le dicen que tiene que hacer y evitan que saquemos los pies del plato. Para los poderosos, la mujer aún debe ser la madre/cuidadora, que sostiene sobre sus hombros el peso de una institución tan cómoda para el status quo como es la familia.  Así, con sus necesidades básicas cubiertas por el rol de la sostenedora, los hombres tienen libertad de acción para desempeñar su rol de trabajadores y servir de mano de obra para los planes de otros.

Y los hijos pueden prepararse tranquilamente para ser los trabajadores (o las sostenedoras) del mañana.  No se educa a la gente joven para ser personas libres, sino para ser meras herramientas al servicio de unos pocos.  Lamentablemente no es sencillo salir de esta carrera de la rata y solo con movimientos sociales fuertes como el feminismo, que rompen con los roles establecidos, podremos ir conquistando parcelas de libertad cada vez mayores.

¿Crees que las desigualdades ya han sido superadas? Nada más lejos de la realidad. Si pelamos un poco la cebolla del día a día, nos basta deshojar un par de capas para darnos cuenta de que existen infinidad de detalles, miríadas de sutilezas que constantemente recuerdan a la mujer el rol que el establishment ha reservado para ella.  Ya no solo los giros lingüísticos clásicos (eso de que lo malo es “un coñazo” y lo bueno es “cojonudo”) que parecen sacados de textos napoleónicos o de misóginos arciprestes de Hita, sino también comportamientos que están tan normalizados e interiorizados que resulta difícil clasificarlos como marcadores de roles.

Lo veremos con unos ejemplos muy españoles: casos de bares.  Basta observar a quién la traen la cuenta en un restaurante: normalmente al hombre, pero, ¿a qué hombre? pues al que nos parezca que está en edad de trabajar y, si hay varios, al más mayor. Así se refuerza la idea de que el que recibe los ingresos y maneja la economía familiar es el varón.  Igualmente, aunque el hombre haya pedido un refresco y la mujer una cerveza, suelen servirle la cerveza al hombre y el refresco a la mujer.  Es inconsciente y en ningún caso malintencionado pero, ¿Por qué ocurre esto?  Fácil, la mujer debe estar al cien por cien de sus capacidades para sostener a la familia, no puede permitirse un desliz que le impida desempeñar su rol a tiempo completo.  Sin embargo, el hombre una vez que ha cumplido con lo que se espera de él (la jornada laboral), ya no es útil al sistema hasta el día siguiente y se le permite evadirse de los abusos laborales con un poco de alcohol.  Es la soma Huxleyniana de nuestra rutina mundana.

La maquinaria está engrasada así desde hace siglos para mantener a la sociedad estancada en un punto que interesa a los que manejan el cotarro.  Por eso movimientos que promueven la destrucción de los roles clásicos o el surgimiento de nuevos modelos de familia están siendo atacados por las corrientes políticas conservadoras.  ¿Cómo van a permitir la creación de un nuevo modelo de familia que haga tambalearse todo el tinglado? Colectivos feministas y LGTBI abogan por estilos de vida distintos, donde la mujer ya no se ve forzada a seguir su rol de sostenedora y el hombre ya no tiene la obligación de ser el macho alfa.  Son incómodos para el sistema porque atacan la base de sus cimientos, poniendo a las personas por delante de los intereses de las élites gobernantes.

La igualdad real llegará, le pese a quien le pese, con el tiempo.  Porque no puede ser de otra manera, porque las personas cada vez tienen a su disposición más información, porque el acceso a la cultura es cada vez más sencillo (a pesar de todo) y porque realmente queremos que llegue.  Pero, al igual que la revolución industrial sacó de la pobreza extrema a millones de personas, hace falta un revulsivo que actúe con rapidez si no queremos esperar otros doscientos años.  El feminismo y los movimientos LGTBI actúan de catalizador social en una masa aletargada y acomodada por extensas zonas de confort que solo son útiles para los que mandan.  A la vista está, corrientes conservadoras se muestran abiertamente en contra de los movimientos igualitarios, criminalizando conductas que no buscan más que visibilizar el cambio social como el uso del lenguaje inclusivo, la libertad sexual o el Día del Orgullo.

Cuando los hombres ya no sean los que fundamenten la masa obrera, cuando las mujeres (con su desgaste diario) dejen de sostener a las familias tradicionales, o incluso cuando los jóvenes dejen de prepararse para ser la mano de obra futura y se lancen a perseguir sus sueños, entonces y solo entonces, habremos dado un pequeño paso hacia nuestra completa libertad.

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