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Martes, 09 Octubre 2018 19:15

La Homofobia del Inquisidor

Escrito por Redacción
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Por Darío Iglesias Muñoz

Hablar de la homofobia es pisar un terreno llamado discriminación. Se basa en un conjunto de estigmas inmerecidos y prejuicios injustos, se alimenta de una intolerancia que desemboca en el odio y se expresa en el maltrato, en los abusos y enla exclusión social. Es “tierra fértil para la violencia y cáncer para la democracia y la convivencia”

La homofobia, como toda forma de discriminación, es negación de la dignidad humana. El ser humano, independientemente de su orientación sexual, es persona, y por el simple hecho de serlo y existir, goza de una dignidad que es inviolable. La dignidad es ese valor innato en la naturaleza humana que se basa en el respeto y tiene como fin el salvaguardo de la persona. Además, es el mayor bien que puede tener y gozar un ser humano después del derecho a la vida.

Cuando vulneramos la dignidad de la persona, afianzamos nuestra pobreza y ponemos de manifiesto nuestra miseria y nuestra debilidad humana. A veces, somos expertos en ello. Muchas personas viven situaciones complejas debido a esta lacra de la sociedad y las seguimos señalando con el dedo inquisidor, propio de quienes se creen poseedores de la verdad. Fácilmente olvidamos que el respeto y la tolerancia son las dos columnas que sostienen y hacen posible la convivencia en nuestra sociedad, en nuestro mundo. Sin estos dos ingredientes, la convivencia se hace amarga y difícil.

No entro en valoraciones. Simplemente, no quiero pisar ese terreno sagrado de la persona que es su mundo interior. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y entrar en el ámbito interno y sagrado de la persona? Tendríamos que descalzarnos para ello. Cuántas veces juzgamos y señalamos, herimos y condenamos. Cuántas veces nos creemos con el derecho a ello. Amigos y amigas, respeto y tolerancia para vivir, ¡dulces remedios para una enfermedad social tan amarga!

En estos tiempos que corren no nos vendría nada mal aprender de aquellos que pusieron el valor de la persona por encima de todo, hombres y mujeres que dejaron atrás los prejuicios y sólo vieron el corazón. Al fin y al cabo, es lo importante.

Desde estas líneas, me animo a mí mismo y a todos aquellos que quieran y se propongan construir un mundo más humano, adentrarnos en el mundo del respeto y la tolerancia. Construir una sociedad mejor sólo depende de nosotros. “Dulces remedios para una sociedad tan amarga”. Un abrazo a todos. Ánimo y adelante.

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